El Gobierno Vasco está preocupado por el tren de alta velocidad. Cree que la oposición de la izquierda abertzale, de EB y de algunos ayuntamientos puede paralizar el proyecto, convirtiéndolo en una repetición de la historia de la autovía de Leizaran o, mucho peor, de la de la Central Nuclear de Lemoniz. Más folclórico es el rechazo de ELA. Una iniciativa de este tipo requiere mucho consenso y participación. El proyecto debe ser 2.0 de verdad.

Los críticos lamentan la escasa comunicación que se ha hecho del tren de alta velocidad. Parece que alguien lo ha decidido desde las alturas y los demás debemos acatarlo. Razón no les falta. Por tanto, la primera receta debe ser la participación de la población, generando debate y consenso. De esta forma, la mayoría de la sociedad va a ser clara y contundente con todos aquellos que quieran oponerse, incluyendo a algunos ayuntamientos. El tren de alta velocidad debe ser el primer proyecto 2.0 que exista en Euskadi. Todos debemos conocerlo por completo y defenderlo si realmente creemos en él. ¿O es que hay dudas al respecto?

Los críticos también dicen que esta iniciativa no es social. Su alternativa es un “tren social”, viniendo a decir más o menos que bastaría con reformar las actuales infraestructuras ferroviarias. Muchos de ellos no han debido ir de Vitoria a Bilbao en tren, básicamente porque es imposible (no existe la línea). Lo grave es que si preguntamos al común de los vascos por el tren de alta velocidad, no lo conocen. Una vez más, por tanto, nos falta comunicación y transparencia.

A mi juicio, el tren de alta velocidad sí es un proyecto social, puesto que nos va a permitir utilizar el transporte público allí donde hoy es casi imposible. Ir en autobús desde Bilbao a Vitoria-Gasteiz o Donostia, que es a día de hoy la única alternativa colectiva, es insostenible a medio plazo. Necesitamos un tren de verdad: rápido y seguro. La sociedad necesita que se le plantee esta realidad y que sea ella misma la que asuma la respuesta, con sus ventajas y sus desventajas.

Finalmente, los críticos creen que el tren de alta velocidad es una excusa para mantener el volumen de trabajo de las constructoras, las grandes financiadoras de los partidos políticos. Esta opinión, muy extendida en la sociedad, sólo se puede combatir con transparencia. Si los ciudadanos tienen la impresión de que la política está corrupta, las instituciones deben responder demostrando que no es así.

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