¿Cuáles son los límites del derecho de huelga?
Episodios como los piquetes de la pasada huelga de transportistas, los sabotajes de decenas de autobuses de Bizkaibus o la suciedad generada a propósito en la huelga de limpieza en el Metro de Bilbao nos hacen pensar en dónde está el límite al derecho de huelga y de los métodos de reinvidicación. Las acciones vandálicas y piquetes no hacen otra cosa que desprestigiar a los trabajadores y sus reinvindicaciones.
Aunque la huelga es un derecho muy usado por los trabajadores, su regulación está pendiente desde hace décadas. Se reguló por un decreto ley pre-constitucional en 1977, pero a pesar de ser un derecho fundamental reconocido por la Constitución no ha sido desarrollado mediante una ley orgánica. Y es que no ha habido gobierno que le haya querido poner el cascabel al gato.
Un aspecto claro es el de los piquetes. Son un instrumento claramente desfasado y que ha derivado en algo coactivo para los que no secundan las huelgas. Su función original a principio de siglo era informar a los trabajadores de las reinvindicaciones de los sindicatos en unos tiempos en los que la mayoría de los obreros eran analfabetos y los medios de comunicación eran inaccesibles para ellos. De ahí lo de piquetes informativos. Ahora todo trabajador sabe por activa y pasiva cuáles son las peticiones y es mayorcito para decidir si se suma o no a la protesta.
Es comprensible la fustración de los huelguistas cuando saben que los compañeros que acuden al trabajo se van a beneficiar de las posibles mejoras conseguidas mediante la huelga, pero eso no justifica ninguna clase de intimidación o sabotaje. El método adecuado para resolver esta fuente de discrepancia son los convenios de eficacia limitada, por la que un grupo de trabajadores pactan por su cuenta unas mejoras o condiciones con la empresa, al margen de la mayoría sindical. Es lo que suelen ofrecer las empresas cuando la situación se encona. Si los sindicatos fueran valientes debieran apostar por esa vía: que hagan huelga los que quieran, pero sólo serán ellos los que se beneficien de lo que salga, si sale algo. Si tan seguros están de que sus reinvindicaciones son justas y que cuentan con el apoyo de los trabajadores, no debieran temer que el seguimiento no fuera masivo.
Otra regla que debiera quedar clara es que quien hace huelga realmente renuncia a su salario de esas jornadas. No se me ocurre mejor método para medir el seguimiento de una protesta que saber cuántos están dispuestos a renunciar a su sueldo del día. Cuanto más alto sea el porcentaje anunciado por los sindicatos más se ahorrará la empresa. A ver si acabamos con las guerras de cifras que al final son desinformación más que otra cosa. Así no se repetirían casos tan vergonzosos como los profesores de la UPV, que desconocía qué docentes hicieron huelga en 2006 para descontar los días de su sueldo, y tras 16 meses sin lograr que contestaran si secundaron o no los paros, el rector se lo preguntó por carta. Surrealista… y para reir si no fuera porque es dinero de todos.
