Victorio Urresti, heredero del imperio de Victorio Luzuriaga

Victorio Urresti Luzuriaga, el heredero del imperio creado por Victorio Luzuriaga, es hoy una de las personas más ricas de Euskadi. Atesora acciones de diversas empresas, una impresionante colección de 110 cuadros y, hasta hace bien poco, una finca de 1.350 hectáreas (un poco más que todo el municipio de Getxo) en la isla de Mallorca.

Entre las empresas en cuyo consejo de administración figura destacan el Grupo Sabico, vinculado al que fuera consejero delegado de Victorio Luzuriaga, Joaquín Elósegui; Wisco, que fabrica componentes de automoción e integra a firmas como Estampaciones Dini o Mecanización y Autolubricado; Hidroeléctrica Nazas-Edara; Clean Energy, que invierte en energías renovables; y la patrimonial Prodema Inversiones. Además, participa en dos SICAV, Títulos Bilbao y Gurutze, que gestionan inversiones de 22 y 4,4 millones de euros, respectivamente.

La colección de arte la heredó de su padre, José Urresti, que durante 30 años fue reuniendo cuadros de pintores contemporáneos españoles hasta llegar a 112, que incluyen algunos de Regoyos, Iturrino, Zuloaga o Gutiérrez Solana. “Jamás vendió nada, como tampoco lo he hecho yo”, explicó recientemente al Diario Vasco. Por si fuera poco, su casa, situada en la avenida Navarra de Donostia, tampoco era precisamente pequeña, pues hasta hace no mucho fue capaz de tener colgados todos los cuadros en sus diversas habitaciones.

¿De dónde proviene este impresionante patrimonio? Curiosamente, de un billete de lotería agraciado con el gordo de una navidad del siglo XIX. Lo había comprado Javier Luzuriaga Arpide, bisabuelo de Victorio Urresti Luzuriaga, un hombre de familia humilde de Oiartzun que se dedicaba a montar maquinaria hasta que se estableció por sí mismo en un taller de los muelles de Donostia.

Al parecer, el premio fue cuantioso: unos cuantos miles de duros, que entonces le permitieron comprar un edificio y terrenos en Ategorrieta (Donostia) para ampliar su taller y, posteriormente, una fundición en Tolosa. También se hizo con un coche, uno de los primeros que se vieron en San Sebastián.

En 1918 trasladaría estas dos plantas a una mayor en Pasaia, donde se hizo con la histórica empresa Fundiciones Molinao, que empleaba a 180 personas. Se da la circunstancia de que los vendedores, la Banca Brunet, le financiaron la compra durante 20 años simplemente de palabra, dado el crédito de que gozaba entonces el señor Luzuriaga.

Para entonces ya trabajaba con él su hijo, Victorio Luzuriaga Iradi, que es quien hereda la sociedad en 1928 y le da un enorme empuje. Pronto crea un astillero en Pasaia en el que incorpora un dique flotante, un elemento fundamental para dar servicio a la flota pesquera. Astilleros Luzuriaga fue la principal industria de este tipo de Gipuzkoa y le permitió, además, acceder a barcos con los que realizar alguna aventura, arriesgada pero muy rentable, de importación de minerales durante la II Guerra Mundial.

Pero el paso más importante se produce después de la Guerra Civil, cuando se le ocurre fabricar gasógenos para coches y camiones, su primer paso en la industria de la automoción, a la que todavía hoy sigue ligada la empresa. Después adaptaría la fundición de Usurbil a este tipo de laminaciones y en 1969, ya con la empresa en manos de su yerno José Urresti, abre una nueva planta en Tafalla. Para entonces, Victorio Luzuriaga, SA tenía 4.000 trabajadores. En 1970 Seat entró en su capital.

Pero las cosas empezaron a ir mal a finales de los setenta, como consecuencia de la crisis internacional, que se cebó con la siderurgia. Tras múltiples restructuraciones y el cierre del astillero de Pasaia, que fue posteriormente reabierto con otro nombre y propietarios, las plantas de Usurbil y Tafalla acabaron en manos del grupo Mondragón. Por si fuera poco, el entonces gestor del negocio y vicepresidente del Banco Guipuzcoano, Francisco Luzuriaga Tobalina, uno de los dos hijos de Víctor Luzuriaga Iradi, fue secuestrado por ETA en 1976.

Mucho antes de todo eso, en 1943, Victorio Luzuriaga Urresti había iniciado un nuevo proyecto vital en la finca rústica de Galatzó, en el municipio mallorquín de Calvià. Allí compró, por medio millón de pesetas, 1.350 hectáreas que incluyen cuevas, yacimientos arqueológicos, un poblado con iglesia, cultivos de almendros y olivos, ríos y montañas. Incluso dicen que hay un fantasma, además de 230 ovejas, vacas, cerdos y gallinas.

¿Qué pretendía? Supuestamente, disponer de un lugar en el que vivir de la agricultura y la ganadería ante la posibilidad de que España entrara en la II Guerra Mundial. Lo cierto es que, con esta inversión y con la posterior construcción de un hotel, el Maricel, Victorio Luzuriaga se convirtió en un auténtico descubridor del potencial turístico de las Baleares. Como agradecimiento, el Ayuntamiento de Palma le dedicó una calle de la ciudad.

Y no es el único vasco que ha descubierto paraísos turísticos en España. Benidorm tiene una calle dedicada a Bilbao, porque sus habitantes fueron los primeros en ir allí de vacaciones. Mamerto López-Tapia, el sobrino de Víctor Tapia, creador de la fábrica de jabones Chimbo, marchó después de la Guerra Civil a Torremolinos, donde abrió un hotel. Además, el navarro Norberto Goizueta fue quien empezó a urbanizar Marbella a partir de Gudalmina allá por 1933. Para ello, compró una hacienda de 350 hectáreas por medio millón de pesetas y allí construyó un hotel y un campo de golf. También tiene hoy una avenida en su honor en la ciudad malagueña.

Luzuriaga no tuvo tanta suerte. Su finca nunca fue urbanizable y no disponía de acceso al mar. Sea como fuere, el terreno lo heredó su hija Carmen Luzuriaga, la madre de Victorio Urresti, quien terminaría comprándola en 1987 por 12,5 millones de pesetas. Pero el Ayuntamiento ya andaba detrás del predio y consiguió hacerse con él en 2006 por 9 millones de euros. Su objetivo: convertir a Galatzó en un lugar abierto al disfrute de cualquier ciudadano.

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26/08/2008 • Escrito por José A del Moral
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